Parole, parole, parole como decía la canción.
¿Para qué sirven las palabras? Es algo que siempre me he preguntado, y definitivamente creo, que no sirven para nada.
Una palabra bonita te crea una ilusión falsa y cruel que a los dos minutos pierdes cuando otra palabra te hace despertar de repente. Son armas no ya de doble, sino de triple filo.
Las hay preciosas, increíblemente encantadoras, bonitas, reales, por las cuales el mundo puede llegar a cambiar en un momento, pero por mucho que queramos la mayoría de las veces no es así.
Las palabras definitivamente se las lleva el viento, crean confusión, malestar, hipocresía, falsas esperanzas, traición, ilusiones, sueños rotos… También he de confesar que a veces un buen consejo unas palabras dichas en el momento adecuado te hacen reflexionar y te ayudan, pero yo sigo prefiriendo los hechos.
Como futura periodista sé que tengo que tener el don de la palabra, tengo que saber jugar con ellas como si fuera un parchís y sé que tengo que llegar a transmitir mis sentimientos, pensamientos, visiones, opiniones… Pero también sé que si no hay hechos no hay palabras.
Y si, la palabra nunca es el hecho.
Por eso como dijo Paul Éluard: “Necesitamos pocas palabras para expresar lo esencial; necesitamos todas las palabras para hacerlo real”
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