Me encuentro perdida, vagando sin rumbo en medio de la inmensa multitud, espero con ansia la llamada que me diga que el tren que espero se encuentra estacionado en su vía. A lo lejos veo un matrimonio y me fijo, están discutiendo: -Te dije que tu maleta era demasiado grande. Tan sólo nos vamos un fin de semana, ¿para qué quieres tantas cosas?- Oigo decir al marido. La mujer con cara de desesperación y sin ganas de explicaciones solo es capaz de responder: -Por si acaso, cariño.-
En otra esquina de la antigua estación, gris, con piedras enormes en las cuales se puede disipar el paso del tiempo, observo a un chico alto, rubio que impaciente mira a su reloj; deduzco que se encuentra en la misma situación que yo: esperamos a alguien.
Vuelvo a ausentarme de la realidad y a sumergirme en mi mar de dudas; ¿haré bien esperándole? ¿Seguirá todo igual después de tanto tiempo separados?
Por fin, un sonido atronador para mis tímpanos hace que vuelva a la realidad y despierte de esa ausencia que me producen las dudas. El megáfono de la estación con voz femenina me anuncia que en el andén número 7 acaba de llegar el tren procedente de Brujas, y con él la persona a la que llevo esperando desde hace un año, tres días y siete horas.
De repente me encuentro con su sonrisa y siento sus brazos fuertes rodeándome, mi corazón late con fuerza, todo sigue exactamente igual, vuelvo a darme cuenta que el tiempo se para y que estamos solos él y yo en medio de la inmensa multitud de esta vieja, pero bonita, estación de ferrocarril.
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