Después de la tempestad siempre viene la calma, parece que esta afirmación es más cierta que nunca. No hay nada mejor para calmar los ánimos y los malos rollos que un fin de semana. Dos días en los cuales no tienes que ver a esa gente que no quieres y que puedes disfrutar a tope las horas del día sin pensar en obligación alguna. Lástima que si que las haya pero siempre habrá un mañana para hacerlas.
Ha sido una semana realmente rara, después de 48 horas increíbles, aunque pasadas por agua, volví a la realidad de bruces y el sueño se evaporó de repente sin apenas avisar. La lluvia se había llevado consigo dos días perfectos junto a esa gente que cada vez hecho más en falta, y que cada vez que doy más cuenta que son mi familia y mis amigos verdaderos.
La realidad de la gran ciudad me sobrevino con muchas cosas que nunca pensé que pasarían, enfrentamientos, malas palabras, gritos, reproches y todo por querer hacer las cosas lo mejor posible y porque el cansancio a mí a veces se me nota y mucho.
La saturación provocó que en mi cabeza se cruzaran ciertos cables que nunca debieron toparse y que reaccionara mal a cosas que no debiera haberlo hecho. Pero en fin, soy humana y hay veces que las situaciones me sobrepasan y esta ha sido una de ellas. Aunque eso sí, me ha servido para darme cuenta, otra vez, que hay gente falsa en el mundo y que las sonrisas y la bonitas palabras, por detrás siempre esconden algo.
Vuelvo a madurar otro poquito más con cada una de las cosas que me van pasando y si esto sirve para eso, bienvenido sea, porque nada es malo si terminas aprendiendo de ello.
Esta semana también me ha vuelto a servir para pensar en futuro, algo que no hacía desde hace bastante y esta vez el futuro simplemente no lo veo de ninguna forma, porque realmente ya no sé ni donde quiero estar ni que es lo mejor para mí, ojalá esta vez no acierte.
Y sobre todo que la calma dure, que me hace mucha falta.
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