Vuelve el nueve, vuelve Septiembre, sin duda junto a Noviembre mis dos meses favoritos de año. Vuelve la rutina, huele a otoño, el calor empieza a decir adiós y a darnos por fin una tregua, notas las hojas caer de los árboles poco a poco, comienzan a aparecer las tormentas y las lluvias que tanto me gusta observar desde la ventana.
Vuelvo a la gran ciudad, al caos del tráfico, a correr en el metro, al ajetreo, a los nervios pre y post exámenes, a los quebraderos de cabeza provenientes de la dichosa matrícula, a volver a ver compañeros que dejé atrás hace dos meses, a tener que visitar el macizo de hormigón todos los días y aun así estoy contenta.
Pero hay algo en todo que ha cambiado, por primera vez septiembre significa volver a un mismo lugar y no tener que despedirme de nada ni de nadie. Puedo dejar la puerta de mi (nueva) habitación abierta y sé no pasará nada, me despertaré cada día con un “buenos días” y una sonrisa, se acabó la soledad en mitad de tanta gente, se acabó hacer trasbordo para la uni, volver a casa y no poder desahogarme…
Pero sobre todo el nueve trae consigo algo que lleva mucho tiempo cuajándose en el horno y que estoy empezando a tocarlo y ya incluso me quemo. No quiero
pensar en cómo será, simplemente quiero vivirlo.
Y sí, hay veces que los sueños pueden llegar a cumplirse.